Mi viaje al Nevado del Tolima
- Observación de flora y fauna.
- Acampada en el páramo.
Ascenso al glaciar.
Experiencia cultural con comunidades locales.
Desde el primer momento en que emprendimos el camino hacia el Nevado del Tolima, supimos que no sería un viaje cualquiera. Las montañas se alzaban majestuosas al fondo, cubiertas por una neblina persistente que parecía proteger un secreto ancestral. Salimos del municipio de Ibagué, con las mochilas listas y el espíritu aventurero.
La primera etapa fue una extensa caminata por el bosque andino, donde la humedad y el verde intenso nos envolvieron como un abrazo. El sonido del agua corriendo, el susurro de las hojas bajo nuestros pies y el canto de los pájaros crearon una sinfonía natural que nos acompañó a cada paso. Los altos árboles cubiertos de musgo parecían guardianes silenciosos de la montaña.
A medida que ascendemos, comenzamos a observar la riqueza de la flora y fauna del parque nacional. Entre los frailejones y líquenes, descubrimos rastros de zorros, venados y aves endémicas, como el colibrí de páramo. Un guía local nos explicó el papel esencial de cada planta en el ecosistema y cómo algunas eran utilizadas por las comunidades indígenas con fines medicinales.
Por la tarde, armamos nuestras carpas en una pequeña llanura del páramo, donde el frío empezaba a helarnos los huesos. La experiencia de acampar bajo las estrellas, con cielos despejados y millones de luces centelleando sobre nosotros, fue simplemente inolvidable. Las temperaturas bajaban rápidamente, pero el calor del grupo y una taza de agua caliente de panella nos reconfortaron.
Al día siguiente, salimos temprano para el gran reto: el ascenso al glaciar Nevado del Tolima. La dificultad del terreno aumentó, pero también la emoción. Cada paso nos acercaba más a la cima, y el aire se volvía más tenue y frío. Cuando finalmente llegamos a la base del glaciar, nos encontramos con una vista impresionante: una extensión de hielo que brillaba como cristal al sol, rodeada de un silencio absoluto.
Durante el descenso, antes de regresar a la ciudad, visitamos una pequeña comunidad agrícola cercana. Allí compartimos una comida caliente y conversamos con los lugareños sobre su relación con la montaña. Esta experiencia cultural nos permitió comprender el profundo respeto que sienten por el muñeco de nieve, a quien llaman "el abuelo blanco".
Regresar del Nevado del Tolima fue como despertar de un sueño. El cansancio físico era evidente, pero también la sensación de plenitud. Habíamos caminado entre nubes, dormido bajo las estrellas y tocado el hielo eterno. Ese viaje no fue solo un recorrido por un imponente paisaje natural, sino también un profundo encuentro con nosotros mismos y con la tierra que nos sustenta.
Gracias por leer




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ResponderEliminarMuy buen trabajo Juan José
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